martes, 6 de octubre de 2015

Romanticismo


El Romanticismo llega a España tardíamente. Su consolidación se produce en la década de 1830 a través del teatro, principalmente, aunque hay muestras de este movimiento en la poesía y la prosa de la época. Su implantación no afecta solo al arte, sino ante todo a una nueva concepción de la sociedad y el hombre, que ven en la libertad el mayor logro al que pueden aspirar. El siglo XIX, pero también el XX y el XXI, no son sino una consecuencia directa de los cambios políticos que se produjeron a caballo de la llamada Ilustración y un nuevo régimen basado en la exploración del individuo, de sus pasiones y vivencias; y de su proyección en un mundo que no ha dejado de cambiar desde entonces.

Para tener una visión global del Romanticismo es imprescindible ver el documental de TVE recogido en este enlace, donde se habla de la complejidad de sus ideales, y ver este otro dedicado a la literatura española.

Duque de Rivas
En el teatro, los dramaturgos románticos que contribuyeron a hacer de sus obras expresión de las angustias del Yo tenemos al Duque de Rivas, Don Álvaro o la fuerza del sino (1835); Antonio García Gutiérrez, El trovador (1836); o Francisco Martínez de la Rosa, La conjuración de Venecia (1834), siendo la primera la que definitivamente impuso la nueva estética en el panorama literario español.




En poesía destaca el genio de José de Espronceda. La canción del Pirata, El estudiante de Salamanca, o El canto a Teresa, recogido en El diablo mundo, hacen de este poeta el más importante de su generación. (En este enlace se recogen sus poemas breves.) Cabe destacar, por otro lado, la presencia de dos mujeres en el canon romántico, en lo que a poesía se refiere. Estas son Carolina Coronado y Gertrudis Gómez de Avellaneda.




La narrativa presenta dos vertientes: la novela, entregada al género histórico, y el cuadro de costumbres. No se escriben grandes novelas, pero las que han sobrevivido al paso del tiempo ofrecen los rasgos propios de un Romanticismo de vuelta a una Edad Media mitificada. Es el caso de Sancho Saldaña, de Espronceda; o de El doncel de don Enrique el Doliente, de Larra, ambas publicadas en el año 1834. La obra de mayor relevancia, sin embargo, es El señor de Bembibre, de 1844, obra de Enrique Gil y Carrasco. Todas ellas vienen influenciadas en mayor o menor medida por el escocés Walter Scott.  

El cuadro de costumbres responde a la necesidad de retratar el país, a su tipos populares, a los hábitos que rigen la vida de quienes habitan las calles, los cafés y salones. Hay una necesidad imperiosa de reivindicarse como pueblo y, con mayor o menor voluntad crítica, el costumbrista se hace eco de cuanto acontece en su época. De ahí que el género halle en los diarios su mejor medio de difusión. Autores relevantes son Ramón Mesonero Romanos, con sus Escenas matritenses; Serafín Estébanez Calderón, autor de Escenas andaluzas; y, por encima de ellos, Mariano José de Larra, cuyos Artículos de costumbres siguen siendo de lectura obligatoria.

Para que tengáis una imagen general del movimiento, os será útil el siguiente power point: